Puede
ser posible que al aparecer un ser nuevo, ajeno completamente a
nuestras vidas, dentro del círculo en el cual estamos insertos,
tratemos de seguir sus pasos y, por lo menos, llegar a parecernos
en simples detalles al producto final.
Esto ha sucedido a lo largo de los siglos y quién sabe hace
cuánto más. Reiteraciones de esta hipótesis
son ejemplos que se dan a diario con la música, la moda,
los tragos, lugares comunes, pero quedémonos con la música
y ahondemos en el organigrama que ésta presenta. Es decir,
vamos en una sola dirección a ver qué sucede con quienes
crean, ejecutan y viven la música dentro de una banda.
Toda esta introducción, no es más que un mero método
de introspección para que veamos cómo podemos llegar
a vivir la vida de otros en puntos paralelos opuestos del pentagrama
vida.
Jim Morrison fue uno de los modelos a seguir por fans norteamericanos
hace ya unos treinta años. La gente se dejaba el mismo pelo
y vestía pantalones de cuero cafés al igual que el
padre de la llamarada eterna. Janis, Michael Jackson, Axl Rose y
por qué no nombrar al señor Osbourne. Y anclémonos
de este apellido para acceder a su mano derecha en las cuerdas,
el mítico rubio de Texas, torpedero innato de potentes frases
dentro de las creaciones de Ozzy, Zakk Wylde.
Este sujeto de gruesos y grandes brazos, con cabellera rubia que
roza su cintura con cada movimiento de cabeza, ha sido uno de los
modelos atípicos a seguir en nuestra franja de tierra tanto
por mujeres como por hombres. Puede ser que su gran apariencia sea
uno de los puntos principales de la perplejidad que produce en las
córneas capitalinas. Y por qué enfatizamos en decir
que es un modelo atípico, simplemente por la razón
que el pueblo fija sus ojos en frontmen o en estilos que imponen
dichos modelos de rol a seguir.

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El rubio tejano encargado del poder a través de cuerdas del
mago de Ozz, es un elemento de culto dentro del circuito reducido
rockero capitalino. Para darnos cuenta de esto, lo más fácil
es hacer memoria y devolvernos siete años a los noventa.
Existía un guitarrista del conservatorio de la Universidad
de Chile, que por razones equis, llegó a tocar con Nicole
en el disco Esperando Nada.
De
partida, era un tipo de mediana estatura que oscilaba alcanzar algo
con su movimiento de pelo. De su hombro izquierdo colgaba una correa
de cuero negro que afirmaba una guitarra Gibson Les Paul original
–nunca me percaté si era una Top Gold o una verdadera
‘70-. Su sonido, un poco limpio por el estilo de música,
pero no abandonaba en ningún momento los riffs y chops que
alguna vez aprendió por ahí.
La verdad de esto: su nombre es Fari Abdul, de cabello larguísimo,
pero negro, y en realidad, era una copia exagerada de Wylde. Pero
tocaba muy bien, eso sí que sus movimientos de piernas (flectadas
en casi 120° y muy separadas una de la otra) y el hondeo de
su largo pelo, era tomado descaradamente de Zakk Wylde.
En Chile, hay muchos prototipos de Wylde, desde mujeres hasta seguidores
de sus chops, por ejemplo, si caminamos por Ñuñoa,
es muy probable que nos encontremos con algún seguidor de
Wylde, o bien, caminar por el centro es una buena terapia para ver
a Zakks caminando en grupo.
Parecerse a alguien viene establecido por los genes, pero querer
ser igual a alguien, eso es una copia absoluta, sí se puede
copiar, pero con orgullo y respeto hacia uno mismo, por eso, ¿aún
quieres ser Zakk Wylde?
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